Todas esas cosas fallan por la misma razón. Y una vez que la entendés, no la podés dejar de ver:
Atacan el pelo. Cuando el problema está en la raíz.
Tus folículos —las raíces de donde nace cada pelo— no se mueren de un día para el otro. Lo que les pasa es otra cosa, mucho menos definitiva de lo que te hicieron creer.
Con los años, entre la acumulación en el cuero cabelludo y la falta de nutrientes y de riego que llega hasta abajo, la raíz se va quedando sin lo que necesita para trabajar. Se va, de a poco… ahogando. Y cuando una raíz se queda sin alimento, no se muere de golpe: se apaga. Entra en reposo. Se duerme.
A ese proceso —el motivo real por el que tu pelo se ve cada vez más ralo— nosotros lo llamamos El Ahogo Folicular.
Pensalo como una planta en una tierra reseca y apelmazada. No le llega agua, no le llegan nutrientes. La planta no se muere: se queda dormida, esperando. Desde arriba, la tierra parece muerta. Pero abajo, la raíz sigue ahí, intacta. Y el día que esa tierra vuelve a recibir agua y alimento, la misma raíz que parecía muerta vuelve a brotar.
Con tu pelo pasa exactamente lo mismo.