Lo primero que aprendí es que no estábamos solos. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, más de un tercio de las personas mayores de 65 años convive con algún grado de pérdida auditiva — en Argentina, eso es más de un millón y medio de personas sentadas en una mesa como la nuestra, sonriendo un segundo tarde.
Y sin embargo, cuando empezás a buscar una solución real, te encontrás con que el sistema te deja elegir entre dos caminos, y los dos son malos. Yo terminé llamando a esto la Falsa Elección: la idea de que solo existen dos opciones — pagar una fortuna o resignarte — cuando ninguna de las dos fue pensada para vos.
Llamé a una clínica auditiva conocida. La audióloga fue amable, profesional — y al final de la consulta me pasó un presupuesto que no podíamos pagar ni en cuotas. Cuando pregunté si PAMI cubría algo, la respuesta fue la misma que ya me habían dado por teléfono en la obra social: cubre una parte, de un tipo de audífono específico, después de un trámite de varios meses, y ni se acercaba al tipo de dispositivo que mi papá necesitaba.
La otra opción, la que mi papá ya había probado por su cuenta sin decirnos nada, fue un "amplificador de sonido" genérico que había comprado por Mercado Libre — de esos sin ningún ajuste, con un solo volumen fijo para cualquier oído. Se lo puso una tarde. A la noche ya no lo quería usar más: todo sonaba más fuerte por igual — la tele, los platos, su propia respiración — sin ningún control. Un par de veces, en la iglesia, el aparato empezó con los pitidos, sin ningún sistema que los cortara, y ahí lo guardó en un cajón y no lo volvió a tocar.
Ninguno de los tres — PAMI, la clínica, el amplificador sin ajuste que probó — tiene individualmente la culpa. Pero entre los tres arman un sistema donde a nadie le conviene ofrecer la opción del medio: un dispositivo bien pensado, con control real y ajuste real, a un precio que se pueda pagar.
Pagar una fortuna en una clínica. Usar un aparato genérico, sin ajuste, que nadie calibró para vos. O resignarse. Esas eran, aparentemente, las únicas opciones que existían.
Ninguna de las tres era culpa de mi papá. Y ahí fue cuando entendí que el problema nunca fue que "hablábamos bajo".