Pará un segundo y acordate de la última vez que te viste en una foto que no esperabas.
Esa que te sacaron de costado, o de arriba, con la luz pegando justo ahí. Y por una fracción de segundo no te reconociste. "¿Esa soy yo?" Se te marcan los surcos, la cara se te ve apagada, cansada — como si no hubieras dormido, aunque hayas dormido toda la noche. Y de golpe parecés varios años más grande de lo que en realidad te sentís.
Si eso te pasó —y si estás leyendo esto, es casi seguro que te pasó— no hace falta que nadie te lo explique. Lo ves cada mañana en el espejo. Lo ves en la vidriera cuando pasás. Lo ves en la cámara del celular cuando alguien te dice "sacate una" y vos, sin pensarlo, ya estás calculando el ángulo.
Porque lo peor no son las arrugas. Lo peor es lo que empezás a hacer sin darte cuenta.
Empezás a elegir el ángulo antes de cada foto. A esquivar la luz de arriba. A retocar un poco antes de subir cualquier cosa. A mirarte de reojo en cada reflejo para calcular cómo venís. A poner más base, más corrector, y aun así sentir que apenas te lavás la cara vuelve a aparecer todo. Es un peso que cargás en silencio, porque total… ¿a quién le vas a decir que verte cansada en el espejo te baja más de lo que estás dispuesta a admitir?
Vos siempre te cuidaste. Siempre te arreglaste. Y sin embargo, la que te devuelve el espejo hace rato que no se siente del todo vos.
Así que te lo guardás. Y esperás que frene solo. Pero no frena.