Antes. Mi mundo se hizo chiquito sin darme cuenta. Dejé la pileta los sábados. Guardé las sandalias en una caja arriba del placard. En verano, medias. Siempre.
Lo que más dolía no era la uña. Era la cara que ponía si alguien miraba para abajo.
El quiebre. Entendí qué buscar: algo en base aceite, no al agua, capaz de cruzar la queratina. No una crema más. No otra pastilla.
Después. La primera vez que vi la uña creciendo clara desde la base, me quedé mirándomela como una tonta.
Este verano volví a Mar del Plata y caminé descalza hasta el agua.
Me hice una pedicura, a plena luz, sin esconder nada.
Y no pasó nada. Ese fue el punto: por fin, no pasaba nada.
No fui solo yo. Mi tía, diabética, que ni las pastillas podía tomar, volvió a mostrar los pies. Una compañera me escribió a las tres semanas: “no lo puedo creer”.