Al otro día hice algo que te recomiendo no hacer sin antes sentarte: la cuenta.
Nueve años comprando cremas reafirmantes. La del frasco violeta. La "premium" con colágeno. La importada que me trajo mi cuñada de Miami. Los sobrecitos de colágeno bebible sabor frutilla. Sumé todo y lo pasé a plata de hoy: casi dos millones de pesos. Guardados en el cajón del baño, en frascos por la mitad.
Y ahora viene la parte que me dio bronca en serio.
Mi amiga Alicia trabajó veintidós años de cosmiatra. Cabinas, congresos, cursos de formulación: la cocina del rubro, vista desde adentro. Cuando le conté lo del vestido, me citó a tomar un café. Yo llevé, de prueba, mi crema más cara.
La dio vuelta, leyó la etiqueta dos segundos y me preguntó, revolviendo el café:
—¿Sabés cuánto cuesta fabricar esta crema de $42.000? Muchas veces, menos que la caja en la que viene.
Le pregunté cómo podía ser. Me lo explicó con una sola palabra: agua.
Una crema corporal común es, básicamente, agua batida con espesantes, ceras y perfume para que tome esa textura rica. En muchas de las que se venden en góndola, hasta 7 de cada 10 partes son agua. Los "activos" de los que habla el frasco entran en porcentajes mínimos, al final de la lista de ingredientes — ahí donde nadie mira.
¿Y qué hace el agua apenas la pasás por la piel? Lo mismo que hace en todos lados: se evapora. Esa sensación rica de frescura durante veinte minutos… y después, otra vez la tirantez de siempre.
Quiero ser justa: acá no hay ningún complot. Nadie se junta en un sótano a reírse de nosotras. Es algo más simple y más aburrido: economía. El agua es casi gratis. Los aceites nobles prensados en frío son caros. Y la industria del cuidado de la piel mueve más de US$180.000 millones por año vendiendo, en su enorme mayoría, variaciones cada vez mejor perfumadas de lo mismo: agua en frasco lindo.
El modelo, además, se alimenta solo. La crema común no te alcanza → probás la "premium" → tampoco → colágeno bebible → tampoco → alguien te habla de la radiofrecuencia a $60.000 la sesión → y vuelta a empezar, con el cajón cada vez más lleno. Cada producto que falla te deja lista para comprar el siguiente. El negocio no necesita que nada funcione del todo; le basta con que vuelvas.
Si en este punto sentís una mezcla rara de indignación y de alivio, te entiendo perfecto. El alivio es porque quizás ya lo estás sospechando: no fallaste vos. Nunca fuiste vos.
Y ojo, porque acá casi saco la conclusión equivocada — la misma que quizás estás sacando vos. El problema nunca fue el formato crema. El problema es lo que esas cremas no llevaban adentro. Una crema es un vehículo: se puede llenar de agua con perfume… o se puede construir sobre otra cosa completamente distinta. Eso lo entendí después.
Pero entonces, si mi piel no necesitaba más agua… ¿qué me estaba pidiendo a gritos?
Ahí fue cuando Alicia dio vuelta la servilleta y me hizo un dibujo que no me voy a olvidar más.