Durante casi dos años sonreí con la boca cerrada.
En los cumpleaños. En el trabajo, atendiendo gente todo el día. En las fotos familiares, siempre buscando la manera de no mostrar los dientes.
Ya no esperaba nada. Había probado, había gastado, me había dolido. Me había resignado.
Hasta esa noche del artículo.
Cuando entendí el problema real —el esmalte poroso— busqué el enfoque opuesto: blanquear sin peróxido y devolverle minerales a la superficie al mismo tiempo.
Lo empecé a hacer en casa. Dos minutos, mojás el cepillo, lo pasás por el polvo, cepillás, enjuagás. Nada de consultorio. Nada de moldes.
Esa primera noche, los dientes ya los sentí más lisos.
No pasó de un día para el otro. Pero al tercer día, las manchas entre los dientes de adelante se veían más claras.
Semanas después fue el cumpleaños de mi nieta. Sacaron una foto de las dos, soplando las velitas.
Y por primera vez en mucho tiempo, no me tapé. Me reí con toda la boca.
Esa foto todavía la tengo de fondo de pantalla.